La palabra secta es una arma del lenguaje ortodoxo que ha sido utilizada, más que para distinguir, para excluir a aquellos que se salen de la norma. Desde otra postura, la palabra secta en plural, ha servido para distinguir enriquecedoramente las diferentes ramas de una verdad revelada. Pero también hay un concepto escurridizo que ha penetrado en los ámbitos tradicionales y no convencionales a la vez, que van desde lo religioso hasta lo político. Es en este aspecto último, en que la secta tiene como distintivo el secreto. Tal como lo explicaba Borges, el secreto es algo que atrae por sí mismo. Nadie puede revelarlo porque dejaría de ser secreto, así que es un misterio como poder llegar a pertenecer a una secta sin poder mencionar el secreto de manera directa. A veces sin querer se menciona, aún sin saberlo, y nos damos cuenta por las diferentes reacciones de quienes saben que se ha tocado el secreto.
Sin tener un libro sagrado ni dogma la secta se organiza por un viento que mueve a las cosas y a las personas hacia una configuración universal. El éxtasis del secreto no es espiritualidad real, sino un engaño de los sentidos que meten a las personas en el gran simulacro, en el que actúan todos sin mencionar el secreto, pero como un absurdo, todos saben que lo saben.
El secreto verdadero no es sectario ni público; es una cuestión intima: esto es el secreto. El secreto verdadero podemos mostrarlo sin que nadie lo note, a menos que Dios lo revele. Cuando aquel que estuvo en el verdadero secreto lo publica, es recompensado, y se mantiene el secreto. El secreto verdadero no puede transmitirse de cualquier forma, sino personalmente y cara a cara. Ahora no tengo ningún interés de guardar el secreto, sino quiero compartirlo; y ya que no puedo describirlo con la escritura, deseo hacerlo con la palabra oral. Predicar es mi vocación, y Jesús mi salvador, es mi secreto.
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