REALISMO MÁGICO
Cuando yo era niño recuerdo aquellos sucesos que nos contaban nuestros abuelos, nuestros padres y otros adultos, y quedábamos asombrados, con ganas de seguir escuchando esas historias, que para nosotros eran mucho mejor que las películas de espanto; tal como sucede en el cuento de Juan José Arreola: Un pacto con el diablo; en donde la experiencia de un hombre, al narrarla, resultó mejor que la película. Así fue también con aquellas narraciones que escuché de niño, tenían un realismo del que carecen las películas de terror; y en algunos casos, encontré una similitud sorprendente; como por ejemplo, recuerdo dos experiencias de mi padre semejantes una, a algunas cosas que se narran en la novela "Pedro Páramo" y , otra, muy parecida a una película mexicana titulada: El Escapulario.
Yo nací en el D.F. en un lugar que cuando lo he vuelto a visitar, ya no hay nada de lo que yo viví allí; sólo recuerdos. Pero yo lo considero un lugar con realismo mágico: Era una vecindad--así nombrábamos el lugar: la vecindad-- muy limitada y con todas las necesidades que esto implicaba. Una salida de la vecindad daba a la calzada de camarones, y otra salida, hacia la colonia de los electricistas. En las dos partes se llegamos a realizar grandes partidos de foot ball--las famosas cascaritas, el "gol para", y las series de penales--, pero además de esto, había una diversidad de juegos: canicas, trompo, yo-yo, bote pateado, hoyitos y al final, cuando ya estábamos cansados y era de noche, nos sentábamos a contar cuentos de miedo, y a la hora que teníamos que meternos en las viviendas, lo hacíamos con la famosa frase: "Aquí se rompió una tasa y cada quién para su casa". Espantados por los cuentos de terror corríamos con todas nuestras fuerzas, hasta que cada quien llegaba a su casa.
Había películas de miedo a la mexicana y de terror al estilo norteamericano; pero la verdad, no necesitábamos verlas para emocionarnos. En la vecindad se aparecía la llorona; se aparecía una mujer vestida de negro y que pedía lumbre para su cigarrillo; muchos tenían experiencias con "el bulto", las brujas, el nahual; y las experiencias tal vez más fuertes, era cuando se aparecía un difunto, o el mero mero del terror: el catrín (el diablo). Así era el ambiente de aquel lugar donde nací y me críe: todo era mágico dentro de la realidad. La amistad de los amigos era muy sincera. Había también quienes se aprovechaban de otros (los agarraban de bajada); pero siempre hubo la intervención de alguien para llevar la fiesta en paz. Lo mágico estaba en la forma de hablar--había un lenguaje inventado o tal vez copiado--que nos permitía comunicarnos de manera intima, sin que otros ajenos se dieran cuenta de lo que hablábamos. No teníamos ansiedad ni envidia de la gente que vivía a nuestro alrededor (de la vecindad), ya que eramos testigos de sus insatisfacciones, como la de los niños que vivían en casa propia pero encerrados--mirándonos por alguna reja o ventana-- con juguetes gabachos pero solos. O como la hija del dueño de la vecindad, que nunca salía, y cuando lo hacía, salia vestida como de monja para ir a la iglesia. Nosotros inventábamos nuestros juguetes y salíamos a jugar con los "cuates"; era muy emocionante cambiarle la punta a un trompo; hacer una pelota con lo que hubiera; hacer "el bolillo" o buscar una buena suela para jugar "tacón". Esto era lo mágico, la convivencia de los pobres que vivían como ricos, comiendo bolsas de deliciosa fruta en la temporada de "las posadas"; tomar ponche y realizar el baile.
Como lo describe Octavio Paz en "El laberinto de la soledad"; los muertos y los vivos conviven de manera mágica en noviembre; nosotros, pidiendo la "calaverita"; y los que podían hacer su carta a los reyes, esto también era mágico. La realidad era una, pero lo mágico era que todos eramos felices.
Aún recuerdo hace unos pocos años que fui al lugar donde había estado esa vecindad porque había fallecido uno de mis primos; y saludando a algunos de aquellos con los que conviví, uno de ellos me dijo: recuerdas cómo vivíamos (ahora la vecindad se ha convertido en condominios) y le contesté que sí. Y él volvió a decirme con una mirada de nostalgia: antes eramos felices. Esto es lo que yo llamaría un pueblo o lugar mágico: el lugar donde se viven cosas naturales y sobrenaturales, donde todos son testigos de una forma de vida que esconde muchos misterios.
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