LA SELVA DE ASFALTO
La característica de la selva es la ausencia de la vida; todas las especies son salvajes. Aún las que parecen ser las más débiles sirven para alimentar el salvajismo. Todo es cíclico en la selva, y se repite siempre el mismo patrón: el grande o fuerte se come al chico o débil. La vida salvaje proviene de un ciclo de vida y muerte, donde todo va en función de la muerte y no de la vida. Se mata para sobrevivir. ¡Qué lejos está la virtud cristiana para poderse vivir en la selva, morir para dar vida! la selva es un existencialismo comunitario en que todos saben su sentido de sobrevivencia. Hay que ir por la presa para asegurar el sustento. Es interesante que un sistema selvático pueda existir con la violencia como común denominador, sin que ésta se extinga; al contrario, entre más peligros haya en la selva, más tiene la forma que la diferencia del paraíso. Y esto es lo que ahora me mueve a pensar; que la posmodernidad confirma que el progreso logrado hasta este siglo, no ha podido construir para todos un paraíso-aunque para ciertos grupos sí- sino al contrario, se vive una lucha encarnizada entre la misma especie humana, mientras las demás especies inferiores son exterminadas. La violencia de las calles es más caótica que la de las selvas; pues las muertes no sirven sólo para el sustento sino para el exterminio. La selva de asfalto es más peligrosa porque tiende a autodestruirse. Fue en un paraíso donde a los primeros hombres se les dieron túnicas para cubrir su vergüenza, y fue un acto vivificador, que dio muestra de que, en donde hay muerte en el sentido de dar vida, allí es un lugar edénico. La ciudad nunca ha sido un paraíso, ha dejado de ser una selva, y se ha convertido en un infierno, donde no son los animales los que se comen unos a otros, sino los hombres se esclavizan unos a otros. No sólo es comer sino torturar lo que alimenta a los seres que viven en las grandes ciudades. La cadena alimenticia no existe, hay únicamente una jerarquización deshumanizante. Es necesario encontrar el camino que nos lleve de regreso al paraíso donde nada daña ni hace mal o; al menos, donde se encuentra el sacrificio del redentor que nos de vida. No ha sido suficiente la historia de los actos heroicos. Se ha derramado sangre para después honrar a los muertos con honores canibalescos que alimentan al sistema de la selva asfáltica. La tierra ha dejado de beber la sangre de los sacrificios de los animales, mientras por el asfalto corre la sangre de los actos más idolátricos. Si salir de una selva natural es difícil, más lo es salir de la selva de asfalto. Solamente un milagro puede redimirnos de semejante tragedia. Necesitamos del perdón para poder destruir el asfalto de la iniquidad y poder volver a ver una tierra bendecida por las lluvias y por el sol. No se puede vivir en la ciudad; en ella sólo se puede morir. Hay que hallarle sentido a la muerte, no como si allí se extinguiera todo, sino como que en la muerte de Cristo está escondida nuestra vida. Las calles de oro; en el sentido espiritual no son metal, sino el espacio de una tierra donde hay justicia; donde la sangre que se ha de beber es la de los malos. Hay mucho todavía que decir. Estamos en esta selva de asfalto experimentando a cada día la muerte, pero con la esperanza de un día salir victoriosos de esta selva encementada.
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