LA ANALFABETA
Recuerdo aquella mujer anciana con la que compartíamos nuestras experiencias de la vida. Lo que yo decía teóricamente, esta mujer lo expresaba a través de ejemplos de la vida. Ella no sabía leer ni escribir, pero sabía pasajes memorizados de aquel libro tan apreciado por su madre adoptiva. Siempre me pregunté ¿Por qué la mamá sabe leer y la hija no? ¿Por qué dos ancianas, madre e hija son tan diferentes? La madre de 107 años y la hija de 83 guardaban una filiación excepcional, como si hubieran sido madre e hija de sangre. La única diferencia que yo vi fue que la hija no sabía leer: era la analfabeta.
En una ocasión nos asombró la analfabeta al corregir a su madre; cuando ella intentaba decir un salmo de memoria, le señaló la parte de la escritura que le había faltado: a pesar de que ella no sabía leer, tenía una memoria mejor que la de muchos que sí saben. Ella me dijo: Yo no sé leer, pero ella no lo dijo bien. Lo que me sorprendió es que para la analfabeta, no era un problema y, mucho menos una vergüenza no saber leer. Al contrario, cuando hice la observación de la necesidad de aprender a leer; ella respondió: leer, Dios me libre. Esta mujer era analfabeta no por la falta de oportunidad de aprender a leer o de ir a la escuela; ella decidió ser analfabeta. No se avergonzaba de no saber leer; se sentía orgullosa de no ser victima del invento de la escritura.
No quise preguntarle más a esta mujer. Me dejó pensando de manera muy profunda: su convicción de analfabeta me impresionó tanto que, sin palabras o, más bien, con una sola frase, me hizo pensar que con todo y tener escuela, saber leer y escribir, uno puede ser un ignorante; mientras que la analfabeta es una que no sabe leer, pero sabe de los peligros de un sistema de educación elemental, que lo que produce es la ruptura con el saber tradicional, y aísla a las personas de su núcleo familiar.
Bien dice la biblia: si alguno se cree sabio en este siglo, hágase ignorante. Al apóstol lo criticaron diciéndole: las muchas letras te enloquecen; cuando en realidad, él estaba persuadiéndolos sin el uso de las letras humanas. El poder de Dios lleva al analfabetismo para romper con lo sistemático; para avergonzar a aquellos que se creen sabios.
Pues Dios escogió a la analfabeta para avergonzar a los ilustrados.