EL ESPEJO DEL ALMA
Alguien expresó una antigua frase persa: luna reflejo del tiempo. Y después preguntó si eso era un poema.
Acostumbrados a los escritos elaborados con la técnica, resulta difícil definir lo que es un poema con un ejemplo que lo dice todo de manera breve. Este es un poema; y no hace falta decir que es bello, porque es un poema. Inmediatamente hay algo que cautiva y llega a las fibras del alma. En primer lugar; el poema en sí, es el reflejo del alma que está llena de lo que ve en su espejo, y que al rebosar de la presencia que la inspira, vierte en palabras la imagen de quien la refleja. La luna no se refleja así misma; sino refleja el tiempo. Refleja la condición de quién la mira.
Se necesita el reflejo para poder ver el poema, y para conocer el alma del poeta. Pero el espejo no es ese invento que invierte las imágenes y que tanto pánico a causado a los poetas. Las imágenes artificiales han confundido al mundo de lo que es la poesía; se ha desanimado el escritor serio por tanta distracción en las personas enajenadas por las modas de los espejos que apantallan la conciencia. Se ha perdido el sentido de la realidad del alma. Se desviven con los artefactos que envanecen la figura del cuerpo y empobrece la verdadera imagen humana, la del alma.
Hay verdaderamente un espejo para el alma que no le devuelve la imagen egoísta de sí misma, sino la imagen reveladora que la extasía con su cualidad eterna. El tiempo es sólo reflejo que se percibe de contemplar lo eterno. La luna es considerada de forma poética como una gran lumbrera; y a la vez, como la lumbrera menor. Este contraste es la evidencia de que hay realmente un espejo en el cual el alma se refleja; en el que se percibe grandiosa, y a la vez pequeña, y hasta a veces diminuta.
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