ERÁCLITO
Nuevamente nos encontramos con el problema filosófico que tanto nos inquieta; sean filósofos o poetas, o simples hombres como yo, la pregunta sobre lo que fue y sobre lo que será, se contempla desde lo que es, un río que cambia continuamente, pero que a la vez sigue siendo el mismo. Esta alteridad no se capta por la fotografía. La fotografía petrifica el instante e ignora el movimiento. La palabra es vida; es movimiento creativo. La palabra es un río que por donde pasa quita la inmovilidad, la muerte, la ceguera y la sordera; y permite oír la voz que revela el misterio de la alteridad del ser. Todo depende de meterse al río para contemplar de manera escurridiza el atributo divino de ser el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Me pregunto en que río nos hemos metido cada uno. Habrá que zambullirse siete veces en el jordán para retroceder el tiempo y ver nuestra piel como la de un niño. El río es tiempo que transcurre hacía lo infinito del mar, sin poderlo jamás llenar. Es necesario dejar el orgullo y meternos al río, ya sea el Ganges, el Nilo, el Eufrates, el Misisipi, el Bravo, o cualquier otro que riega el huerto del Edén; esta tierra regada por la temporalidad y el cambio.
la imaginación del cambio cautiva la razón, y por el desconocimiento del logos se llega a la locura de la teoría de la evolución. Los ríos de Damasco no son mejores que el Jordán. Tan fácil es meterse a uno como a otro; la diferencia es percibir el cambio real que no nos deforme. La verdadera transformación es un cambio creativo, donde el río corre y ya no es el mismo. La palabra que se transmite no es la misma; porque viene con fuerza caudalosa para saciar la sed que ha provocado la transitoriedad. El cambio es que nada cambia, todo sigue siendo asombrosamente nuevo. Lo importante es que en nuestro interior corran ríos de agua viva.
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