Los falsos profetas eran amonestados por los delegados de Dios a vista del pueblo, para quienes también era la amonestación. El pueblo se descarriaba por falta de profecía, escuchando mentiras cargadas de verdad demagógica o demoníaca. Y hasta el día de hoy, los sofistas endulzan el oído para llevar el curso de la masa alborotada, hacía derroteros imaginarios. Cada uno de los falsos discursos son flechas de satanás que matan la espiritualidad de las personas. La pérdida de autoridad se debe a la ausencia de la palabra acorde con la verdad no inventada o imaginada. La verdad se revela a través del libro sagrado, que no es un mero paradigma en el que se ajusten reglas. La única regla es la libertad que se produce por la misma palabra que revela la verdad. La verdad se revela por dialogo entre personas, y da por terminado la dialéctica del monólogo mental. La palabra nos acerca a lo espiritual para potenciar el vivir de quién la medita. Lo espiritual no se vive en el cielo sino en la tierra; no se necesita estar en el cielo para hablar con un lenguaje angelical y humano. La palabra es la que une el cielo y la tierra. La palabra une lo que ha estado separado por la abstracción del pensamiento sistémico, y da vitalidad en donde sólo había una mecánica de categorías. La palabra tiene un mover creador que impide inventar. Quienes inventan es porque no les ha amanecido, y se siguen moviendo en la dialéctica engañando y siendo engañados. La palabra nos acerca a lo espiritual y nos libra de mentir.
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