EL POLVO Y EL SOPLO DIVINO
Dijo una mujer de clase alta a una pueblerina: te regalo este jabón para que te quites la mugre; a lo que la sencilla mujer de la comunidad le respondió, que ella no necesitaba de eso, porque lo que ella tenía en sus pies y manos era el polvo de la tierra que podía quitar con agua. Añadió la pobre mujer: quédese usted con el jabón, porque lo que tienen ustedes los ricos no es polvo sino mugre.
El polvo no es suciedad ni contamina nada, porque todo proviene de la tierra, que a su vez, subsiste por el agua; agua que no contamina ni es contaminada por la tierra. La mente ilustrada ha enseñado que quitar el polvo es sinónimo de limpieza, como si el universo hubiera surgido sucio desde un principio. Según el mito judeocristiano todo proviene de la tierra creada por Dios; y ahora, hasta la teorías científicas corroboran que todo proviene de un polvo que no es sólo terrestre sino cósmico.
¿Será que eso es lo que somos; sólo polvo? La piel morena de la pueblerina que se confunde con las vasijas de barro, que están hechas con las mismas posturas y formas de la mujer, hacen pensar que efectivamente, somos barro, y que algún alfarero, nos dio forma a su imagen y semejanza. Es la vanidad de los metales que ha despertado la lujuria de los hombres; los ha enfermado con una fiebre incurable, que todo lo vuelve en oro, pero al enfermo lo pulveriza. La deshumanización viene cuando se confunde la hechura del hombre, y se cree que este puede ser de oro. No hay hombres de oro; si acaso, hay quienes se adornan excesivamente de este metal y de otras piedras preciosas. El polvo no se confunde con los metales ni con las piedras preciosas, pero los contrasta. Sin el cuello de una mujer, las perlas ni las piedras preciosas lucen. La belleza está en el polvo que reluce de humildad ante la despampanante luz del orgullo, que entre más ornamentos se ponga más falso es.
Dijo el salmista ¿Qué es el hombre? y hemos respondido junto con él, el hombre es polvo y sólo eso. Allí está el alfa y la omega, el principio y el fin. Dios lo hizo del polvo, y si muere, al polvo vuelve.
La espiritualidad no es pensar en las calles de oro que quedan en un lugar utópico. La espiritualidad es apegarse a la tierra; a sus campos, laderas y montañas. A sus paisajes y sonidos naturales donde los hombres le dan voz con una lengua poética. Lo hacen en en voz alta, y en voz baja al oído del otro.
El soplo de Dios fue dado al polvo que tenía la forma del hombre que se confunde con los caminos, montañas, y con sus espejos naturales de lagos y ríos. Allí está el principio y fin, el alfa y la omega; el hombre no es Dios, pero hay la esperanza de que un día sea Dios el que lo levante; y ese hombre levantado sea indestructible. Somos polvo, ser y tiempo, que al soplo de Dios nos hace eternos.
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